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Un punto de vista anarquista y federalista sobre la vida y la sociedad

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La corruptocracia

Estoy viendo ahora mismo, otra vez, la película “Todos los hombres del Presidente”, que narra la investigación periodística del llamado caso Watergate que acabó con la presidencia de Richard Nixon hace ya más de 37 años. La imagen de periodistas independientes del poder, que persiguen tenazmente la noticia que documentan y confirman con rigor y eficacia resulta ahora una fantasía utópica. Lo que sigue resultando familiar, hasta el punto de que su revelación a través de las actuaciones judiciales ya no resulta casi noticia, son los abusos de poder y la corrupción política y económica. Cito de memoria: caso Undargarin, trama Gürtel, caso Palau de la Música, caso Malaya... también nombramientos altamente cuestionables, como en el caso de personajes notoriamente comprometidos con entidades financieras estrechamente asociadas  con los peores comportamientos en la génesis de la crisis nombrados para dirigir la política económica pública (Mario Draghi) o más domésticamente, un consejero de un grupo empresarial hospitalario nombrado presidente del Consejo de la Sanidad Pública catalana.
Todo esto me hace volver a pensar en la forma en la que se organiza el poder en sus aspectos más opresivos en estos tiempos que corren.
El poder político tradicional tenía una estructura piramidal, se organizaba en clases sociales escasamente permeables sobre una base territorial. Cuando se encontraban frente a frente dos poderes semejantes sólo cabía una de estas dos posibilidades, la mutua anexión o la guerra. Esta ha sido la historia del mundo prácticamente desde el Neolítico y esto, que parecía un principio ineludible de la construcción de las sociedades humanas, es lo que ha cambiado en los últimos 30 años.
El precedente de la organización del poder en la actualidad no es el Estado Moderno sino las sociedades secretas y las bandas criminales. Estamos delante de una multiplicidad de centros de poder sin ninguna base territorial que interactúan entre sí siguiendo la estela de sus propios intereses, evitando en lo posible la colisión directa y avanzando y retrocediendo haciendo competir sus respectivas influencias. Para los individuos que logran acceder a ella, prosperar en esta trama no se traduce en una posición consolidada ni una influencia permanente, las ascensiones y las caídas son igual de vertiginosas, y el origen social no es en absoluto un inconveniente, porque en esta trama interactúan con toda normalidad el patriarca de una poderosa familia de banqueros con el narcotraficante encumbrado a balazos desde una miserable chabola de un suburbio latinoamericano.
Este cambio tiene un inquietante corolario: cuando una élite gobierna de forma piramidal lo que busca a largo plazo es estabilidad, equilibrio entre las diferentes clases sociales y un funcionamiento económico convenientemente eficiente. Para las tramas de poder actuales el mañana no existe, la oportunidad se captura en el momento y lo que hay que hacer es acumular el máximo en el menor tiempo posible, porque lo que no tomes tú lo tomará otro.
No pretendo en absoluto dar a entender que el poder en el pasado fuera mejor, pero hay algo terriblemente inquietante en la clase de poder que nos oprime ahora, un olor terrible a autoextinción.

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