Un punto de vista anarquista y federalista sobre la vida y la sociedad
Como partidario converso de la independencia de Cataluña (converso aunque de hecho nunca he sido contrario), contemplo los acontecimientos de los últimos tiempos con esperanza y optimismo dado que veo al alcance de la mano la realidad de una Cataluña independiente en un horizonte temporal que probablemente ya no se cuenta en años, sino en meses.
Puede que muchos consideren que es demasiado pronto para mostrar ningún tipo de euforia y que tampoco ha llegado la hora de los homenajes, pero francamente ya no puedo esperar más para reconocer el notable y heroico papel de los que en contra de sus propios intereses y arriesgándose a pasar a la historia con la imagen más controvertida, están trabajando incansablemente para hacer del sueño de la independencia una realidad consolidada en el plazo más breve que nadie podía imaginar.
Es cierto que las movilizaciones de la población catalana, que han sido las más masivas y sorprendentes desde el final de la segunda guerra mundial (y quien lo dude que proponga contraejemplos, por favor) han dejado bien patente el amplísimo apoyo activo que tiene la independencia en todos los estratos de la sociedad catalana. Es cierto que este apoyo activo ha tenido su claro reflejo en todas las convocatorias electorales de los últimos tres años. Es cierto que crece el número de voces públicas de todos los sectores de la población catalana que manifiesta cada vez con mayor claridad su identificación con la causa independentista y los argumentos a favor de la constitución de un estado propio en el actual territorio catalán. Todo esto es cierto, pero debemos reconocer con humildad que este contexto tan favorable no habría sido posible sin la enérgica contribución de un puñado de hombres y mujeres decididos a enderezar el camino erróneo que había emprendido el Parlamento de Cataluña el año 2005, cuando trató de acomodar mejor las instituciones catalanas en el contexto del Reino de España con un nuevo Estatuto.
Así, después de las alarmantes declaraciones de Zapatero en las que se comprometía a hacer suyo y defender el texto del nuevo Estatuto de Cataluña que presentara el Parlamento catalán, el mismo PSOE presidido por Zapatero rectificó esa posición en favor de la causa independentista, propiciando un desmantelamiento profundo de las pretensiones autonomistas catalanas plasmadas en el proyecto de Estatuto, propiciando que voces autorizadas de su partido, como el ex-secretario general Alfonso Guerra, desvaneciesen dudas sobre lo que habían hecho con declaraciones como «lo hemos dejado cepillado y bien cepillado», tal como dijo en abril de 2006. No se puede pasar por alto la siempre valiosa aportación del PP de Mariano Rajoy (Marian Rayuá, creo que se pronuncia), recogiendo firmas fuera de Cataluña en contra del proyecto de Estatuto y presentando recursos de inconstitucionalidad contra el Estatuto incluso antes de su aprobación. Es muy probable que si efectivamente se hubiera respetado el texto del proyecto de Estatuto (que incluía una mejora razonable del sistema de financiación), este habría recibido un amplio apoyo en Cataluña (superior sin duda al 36,2% que recibió el Estatuto cepillado), habría permitido un funcionamiento ligeramente mejor del gobierno catalán y en todo caso habría quitado argumentos a cualquier queja de carácter nacionalista que se hubiera producido posteriormente.
Entre el 2006 y el 2010 los héroes fueron, incuestionablemente, los miembros del Tribunal Constitucional, que no dudaron en desmantelar pieza a pieza y en una larga novela por entregas todo lo que aún respetó el cepillo de Guerra. Cuando terminaron, el resultado fue tan evidentemente lamentable que lograron convocar la primera gran manifestación con un lema claramente soberanista: «Somos una nación, nosotros decidimos».
Después de este episodio, el partido de Zapatero, que siempre había ganado en Cataluña en elecciones generales, experimentó una derrota hasta entonces histórica en las elecciones generales del 2011, tanto que de hecho en ninguna otra comunidad autónoma fue mayor la pérdida de porcentaje de votos y de diputados. Y ganó las elecciones el partido rival del PSOE en este juego de alternativas nacionales que propicia el sistema electoral español. Es decir, ganó el PP.
A partir de aquellas fechas los campeones de la independencia de Cataluña ya no dejaron ninguna duda en cuanto al valor de sus contribuciones: asfixia financiera del gobierno autonómico, ataque al modelo lingüístico («hay que españolizar a los niños catalanes» dijo uno de nuestros héroes, el ministro de Educación Wert) y todo un repertorio de agravios comparativos y de medidas de recentralización mayor de lo que nunca haya sido capaz ningún otro gobierno anterior. Muy pronto, en 2012, el presidente de la Generalitat catalana Artur Mas hizo llegar al gobierno de Rajoy una desesperada petición: negociamos un pacto fiscal. De hecho, era una petición no demasiado ambiciosa, en el sentido de que dejaba de lado otras reivindicaciones importantes, como el blindaje de las competencias de la Generalitat, que ya entonces sufrían un ataque constante. Rajoy escribió su respuesta en piedra y la dejó plantada ante la puerta de su despacho para su uso frente a todas las visitas futuras de cualquier representante político catalán: NO.
De cara a la manifestación del 11 de septiembre de 2012 un Mas frustrado pidió que la gente reclamara en la calle un nuevo pacto fiscal. La manifestación fue espectacularmente masiva y su grito unánime y espontáneo fue INDEPENDENCIA. La llamada del más grande de nuestros héroes, Mariano Rajoy, fue más poderosa que la del apaciguador Artur Mas.
Pocos días después, Artur Mas convoca elecciones anticipadas que se celebraron en noviembre del mismo año 2012, formando un nuevo Parlamento catalán en el que partidos declaradamente independentistas como ERC y la CUP experimentan el mayor crecimiento. Aún así, Mas aguanta como minoría mayoritaria y mantiene la presidencia de la Generalitat, con el compromiso de hacer una consulta sobre la independencia de Cataluña.
Este compromiso de hacer una consulta de autodeterminación ha sido de hecho una auténtica amenaza para la causa de la independencia, como ha demostrado sobradamente la experiencia de Quebec y de Escocia. La consulta se podía perder al final si el miedo al cambio llegaba a superar la esperanza en torno a un país nuevo, y aunque la consulta se ganara, un papel inteligente por parte del gobierno del reino de España podría alargar la negociación posterior durante años, y quién sabe si por el camino la euforia independentista se desinfla y todo se convierte en una simple redefinición del modelo de Estado actual. Afortunadamente nuestros héroes estaban al acecho y desde el principio el gobierno del PP dejó claro que no tolerarían una distracción como ésta.
El caso es que a pesar de que el camino hacia la declaración unilateral de independencia ya estaba desbrozado por exclusión de ningún otro, nuevamente los partidarios catalanes de la consulta tentaron la suerte llevando al Congreso de los diputados la petición de la cesión de competencia para realizar un referéndum pactado. El riesgo era enorme, el Congreso de los diputados podía haber aceptado a trámite la ley correspondiente y haber iniciado una larga tramitación con interminables debates, enmiendas y contraenmiendas, cambio de la pregunta, alejamiento de la fecha, prediseño de farragosas condiciones con respecto a la organización del referéndum, a la interpretación de los hipotéticos resultados y al proceso que desencadenaría un posible resultado favorable a la secesión, como el inicio de un proceso de reforma constitucional que implicara todo el estado y que alargaría muchísimo cualquier intento de proclamación de Cataluña como un país independiente. Pero nuestros héroes no fallaron y sin caer en la tentación de alargar el trámite ni un poco, despacharon en una sola sesión el penúltimo intento del autonomismo catalán.
Escribo estas líneas a mediados de octubre y no sé si al final se hará o no una consulta el 9 de noviembre o en cualquier otra fecha. Los pretendidos partidarios de la autodeterminación catalana continúan jugando con fuego y han estado intentando hacer la consulta legalmente, convirtiéndola en una especie de macroencuesta de opinión que como mucho debería provocar un proceso de negociación con el gobierno del PP para hacer una reforma constitucional que contemple la autodeterminación, y a partir de ahí hacer el referéndum de verdad. Todo ello de acuerdo con lo que dice la ley de consultas y el decreto de convocatoria.
Nuestros héroes no han caído en la trampa y han movido todos los poderes del estado (el ejecutivo, el legislativo y el judicial) que controlan con mano de hierro, haciendo todo lo que les es posible para impedir o invalidar de antemano cualquier consulta.
A estas alturas, si hay consulta todo hace pensar que será una nueva muestra de fuerza del independentismo, y los autonomistas no podrán hacer otra cosa que convocar nuevas elecciones que con toda probabilidad, y gracias a la intensa campaña que desde de años vienen haciendo nuestros héroes, ganarán los independentistas. Y entonces la única cosa a hacer será declarar unilateralmente la independencia.
Por todo ello,
Gracias Mariano Rajoy y con él a todo el PP
Gracias a Rubalcaba y a su sucesor y con ellos a todo el PSOE, incluidos sus fieles al frente del PSC
Gracias al Tribunal Constitucional, al Consejo General del Poder Judicial y a muchos jueces entusiastas
Gracias a Rosa Diez, Albert Rivera y a todos los políticos y formaciones que permanecen vigilantes para evitar que los demás se relajen y caigan en una indeseable tolerancia
Gracias a todos por las mejores posibilidades para conseguir una independencia rápida y definitiva
Ahora ya sólo depende de los catalanes.