Un punto de vista anarquista y federalista sobre la vida y la sociedad
Coincidiendo con las medidas de austeridad extrema que se están imponiendo en Europa con la excusa de la crisis financiera, se está hablando con cierta intensidad de si las medidas de estímulo económico que usan el gasto público o la reducción de impuestos (sin reducción del gasto, es decir, incrementando el déficit) son oportunas o no para encontrar una salida de la crisis.
La ortodoxia presupuestaria que predica sobre todo el gobierno federal alemán sostiene que el déficit público es el problema y no la solución, mensaje que la derecha política europea ha hecho suyo con agrado o a la fuerza, mientras la izquierda tradicional defiende con más o menos firmeza la necesidad de políticas expansivas de gasto público para estimular el crecimiento.
En el debate, la derecha apela usualmente a la colección oportuna de argumentos del liberalismo o del neo-liberalismo, omitiendo convenientemente las evidentes intervenciones gubernamentales en favor de las entidades financieras en riesgo de quiebra (que son el origen fundamental de los problemas de la deuda pública y que no son demasiado "liberales"). La izquierda tradicional por su parte, ya no busca argumentos en la obra de Marx y Engels, desacreditada políticamente desde la caída del régimen soviético, sino a la obra de Keynes.
Esta apelación explícita al keynesianismo que hace la izquierda resulta para empezar algo chocante desde un punto de vista histórico, visto que el propósito que en su día tenía Keynes con su teoría era más la preservación del capitalismo superando el problema de sus crisis cíclicas que conseguir una sociedad más justa o igualitaria.
Efectivamente, Keynes postulaba en los años 30 del pasado siglo que para evitar estas crisis (derivadas de las quiebras de la economía de mercado) lo que hacía falta era que los poderes públicos actuaran de forma contracíclica incrementando el gasto y el déficit fiscal en los momentos de recesión y haciendo lo contrario en los momentos de prosperidad general, aprovechando en este último caso para pagar las deudas contraídas cuando se luchó contra las amenazas de recesión. Ciertamente las propuestas de Keynes fueron muy oportunas en un momento de reconstrucción después de la Primera Guerra Mundial y desgraciadamente resultaron oportunas nuevamente después de la Segunda Guerra Mundial por las mismas razones. Las instituciones creadas a raíz de los Acuerdos de Brenton Woods en 1944 se inspiraron en la teoría de Keynes y por otra parte, las políticas de estímulo económico desde los poderes públicos que describió fueron efectivamente aplicadas no sólo por el presidente Rooswelt para salir de la depresión de 1929 o mediante el Plan Marshall en la posguerra europea, sino también por Hitler y Mussolini cuando se aplicaron a recuperar las deprimidas economías de sus países para convertirlos en potencias industriales (y militares).
El gran crecimiento económico de los años 60 hizo buenas las prescripciones de Keynes y durante un tiempo más todo pareció funcionar según el guión. Desgraciadamente, la lógica del acceso y la conservación del poder político en los países con sistemas de democracia representativa colisiona con la serena contención y sentido de la oportunidad económica que exige la aplicación de las recetas de Keynes.
Efectivamente, en momentos de depresión económica no ha sido difícil convencer a los gobernantes de la conveniencia de endeudarse para estimular la economía mediante una política expansiva de gasto público: este gesto de socorro hacia la economía ha sido indudablemente muy popular en momentos difíciles. Otra cosa es reconocer que se está en un buen momento económico y que hay que aprovechar el aumento de ingresos vía impuestos para liquidar deudas y ya no digamos para reducir el volumen de moneda en circulación ... ¿Qué político puede asumir estas medidas? Si aumentan los ingresos por impuestos, el gobernante de turno apostará por aumentar el gasto y / o por reducir impuestos mientras mantiene o incluso aumenta el nivel de endeudamiento: nunca hay suficiente prosperidad y si es necesario austeridad ya la aplicará el siguiente gobernante.
En la situación actual, provocada de todos modos por el asalto del poder financiero a la caja del sector público, es imposible plantear una política expansiva de gasto efectivo sin aumentar paralelamente los impuestos y sin declarar la suspensión del pago de la deuda pública actual . Y el día que las cosas vuelvan a la normalidad deberemos exigir a los gobernantes que se olviden del keynesianismo. De esta medicina ya hemos tenido bastante sobredosis.