Un punto de vista anarquista y federalista sobre la vida y la sociedad
Resulta evidente para toda persona con un mínimo criterio el hecho de la creciente influencia del poder (económico-político) sobre los medios de comunicación de masas y de cómo esta influencia censura y contrainforma sobre todo lo que pueda intentar decirse desde un punto de vista disidente o incluso simplemente independiente.
El bombardeo al que se somete a la población en general con determinadas consignas e interpretaciones fraudulentas de la realidad es tan intenso que las pocas voces alternativas que intentan hacerse oír se ven obligadas a insistir y repetir lo que casi deberían considerarse elementales obviedades como si hablaran de oscuros secretos de iniciados, mientras las propuestas que deben ir detrás nos cogen ya agotados de tanto discurso.
Y es que las mentiras pequeñas que se explican en voz baja no convencen a nadie, pero cuanto mayor es una mentira y más alto se proclama más difícil es liberar a la mayoría de su credulidad.
En este contexto quisiera humildemente contribuir a despejar la maleza del camino con las notas que siguen y que tratan de mostrar, espero que de forma concisa y clara, en qué nos están mintiendo y por qué lo hacen.
MENTIRA NÚMERO 1: EL SECTOR PÚBLICO, LOS ALTOS SALARIOS DE LOS TRABAJADORES Y LA EXCESIVA PROTECCIÓN DE SUS DERECHOS SON UN LASTRE QUE NOS IMPIDE SUPERAR LA CRISIS.
“- En España, cada persona come mensualmente un pollo entero... - Pues este mes alguien ha debido comerse mi pollo”
Afortunadamente, a los medios y los mercados no les ha sido posible ocultar que ha sido la especulación financiera la que ha dado origen a esta crisis, pero curiosamente intentan hacer progresar con éxito la idea de que la salida de la crisis sólo puede hacerse reduciendo la participación del sector público en la economía, reduciendo los salarios de los trabajadores y limitando al mínimo sus derechos, esto último para que no les sea posible proteger ni recuperar en el futuro los ingresos y las condiciones de trabajo de las que pudieran “disfrutar” hasta ahora.
El objetivo: el crecimiento del PIB. De forma usual, se dice que la mejora y el progreso de una Economía va asociado al crecimiento porcentual del PIB de dicha Economía. ¿Porqué? El PIB no es más que la suma de los importes monetarios de todas las transacciones que se hacen en un país, también puede definirse como el volumen total del dinero que se ha movido siempre dentro de las fronteras de dicho país. A partir de aquí se considera que si el volumen de dinero que se mueve aumenta, entonces la economía está creciendo, y si la economía crece hay más puestos de trabajo, la gente tiene en general más dinero y disfruta por ello de más bienes y servicios. En realidad esta visión, tenida como básica en el discurso oficial, no es del todo cierta. Como en el chiste del principio, que se consuma un pollo por cada persona no quiere decir que cada persona se coma un pollo, unos pocos se pueden comer todos los pollos mientras a la mayoría no le dejan ni oler un muslo, que es lo que pasa de forma creciente. Por otra parte, más dinero en circulación no equivale en absoluto a un mayor bienestar global, pues el encarecimiento selectivo de bienes de consumo básicos o la pérdida drástica de calidad de los mismos es plenamente compatible con el crecimiento del PIB. De todos modos, ya volveremos más adelante sobre el tema del PIB, de momento supondremos que sí, que su crecimiento es el objetivo.
El remedio: para hacer crecer el PIB las “empresas” han de disponer de más dinero para invertir. Bueno, quien dice empresas dice el conjunto de las personas con rentas y patrimonios más altos, y esas serían según los analistas oficiales las únicas que pueden hacer crecer la economía a condición de que sus rentas y sus patrimonios crezcan más que hasta ahora y así puedan invertir en fantásticos (literalmente) proyectos empresariales que darán trabajo (en todo caso miserable) a millones de trabajadores. Es más, una fiscalidad débil y unos salarios bajos son el más maravilloso de los incentivos para atraer millonarias inversiones extranjeras que, indudablemente, traerán dinero a la economía e inevitablemente la harán crecer. En contraste, el dinero que va a parar al sector público sería dinero perdido, inútil y estéril, y los salarios altos una absoluta desconsideración de trabajadores egoístas y gandules que impiden el acceso al trabajo a todos esos parados que están esperando el maná que caerá de las providenciales inversiones de los poderosos. Estos argumentos son una enorme mentira, veamos porqué.
Consideremos el PIB de la economía global como un todo único. Teóricamente, el dinero existente en dicha economía es el que es y digamos que todo él se mueve de un modo u otro, es decir, todo él contribuye al PIB. Entonces, ¿cómo puede crecer el PIB? Pues crece cuando, por ejemplo, aparece una actividad económica nueva allá donde no había, como sería el que alguien se pusiera a cultivar una tierra hasta entonces yerma y llevara a la venta la correspondiente cosecha. Al haber más productos que vender y comprar, hace falta más dinero (si se quiere mantener el valor relativo de las monedas constante) y los bancos centrales imprimen más billetes: crece el PIB como reflejo del crecimiento del volumen de bienes y servicios que se intercambian en la economía. Si por el contrario disminuye ese volumen de bienes y servicios, los bancos centrales han de ir retirando de la circulación billetes si no se quiere que la inflación devalúe el valor del dinero.
En este contexto, ¿cómo afecta a la economía la existencia de una Administración Pública que recaude impuestos y preste servicios? La respuesta del pensamiento dominante a esta pregunta dice que la recaudación de impuestos retira recursos del mercado, distorsionando el funcionamiento de la oferta y la demanda: los compradores tienen menos dinero para comprar y los productores menos dinero para invertir y mejorar su productividad. Esta visión obvia el hecho de que la Administración, con el dinero que recauda también compra y también invierte. En realidad, todo el dinero que recauda la Administración vuelve inmediatamente a la economía en forma de contratación de bienes y servicios y en forma de producción de bienes y servicios públicos (que pueden ser gratuitos para sus usuarios en la medida en que la Administración paga por ellos). En contraste, las personas con rentas muy elevadas tienden a reservar una parte creciente de sus rentas, y desde luego no siempre lo hacen depositándolo en favor de inversiones productivas, de manera que aplicando impuestos sobre las rentas más elevadas las sociedades pueden asegurarse de que al menos el dinero recaudado vuelve enseguida a la economía y favorece su funcionamiento y eventualmente su crecimiento.
¿Y qué decir de los salarios de los trabajadores? Ciertamente los salarios bajos en teoría posibilitan precios más bajos de los productos y servicios, especialmente los que usan más intensivamente la mano de obra, pero por otra parte son también los asalariados los que constituyen una parte muy grande de la demanda y por lo tanto si sus salarios son bajos su capacidad de compra también será más baja. En realidad, la historia del progreso económico de la Humanidad no se ha basado nunca en el establecimiento de salarios bajos, sino en la introducción de nuevas tecnologías que han permitido hacer más eficiente la producción de bienes y servicios. Pero al mismo tiempo la mejora e incremento de la producción no tiene ningún sentido si lo producido no tiene compradores.
Aún hay un reducto para los argumentos en favor de la liberación de “cargas” sobre los beneficios de las grandes fortunas y la presión a la baja de los salarios y los derechos de los trabajadores. Esos argumentos parten de la visión de un mundo entregado a una eterna competencia (por no decir guerra) económica entre naciones. En esa visión, el crecimiento económico local se basaría sobre todo en la atracción de cuantiosas inversiones extranjeras mediante una fiscalidad nula o incluso mediante subvenciones directas y a fondo perdido a los proyectos empresariales financiados mediante esas inversiones. También se basaría en la exportación de productos o la atracción de más turistas extranjeros mediante precios más bajos que los de “la competencia” a costa de rebajar la participación de los costes salariales en los costes de producción. Estos planteamientos ocultan el hecho de que a las inversiones extranjeras siguen las exportaciones de beneficios privados: los accionistas e incluso los directivos de las empresas de capital extranjero gastan sus ingresos mayoritariamente en su país de origen, de manera que esas empresas se convierten invariablemente en una máquina imparable de bombeo de recursos y plusvalías hacia el exterior. Esto quiere decir que a la corta o a la larga extraerán de la economía local más recursos de los que un día introdujeron.
Respecto a la competencia a base de salarios bajos, si se supone que funciona en algún momento, sólo se traduce en una mayor concentración de riqueza sobre una exigua minoría de la población, lógica consecuencia de reducir los salarios al tiempo que aumentan los ingresos por facturación. Aún así esta situación podría hacer crecer la economía local, pero paradójicamente la mayoría de la población estaría peor (trabajando más tiempo por menos salario), y por si fuera poco, competir globalmente basándose en el dumping social lleva, no ya a una situación de suma cero, sino a una recesión global por la caída de la demanda, tal y como ya hemos visto antes.